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jueves, 22 de noviembre de 2012

La ley del Mundo (Capítulo VI)


Capítulo VI Llega el norte para Marco. Mes de diciembre. Una ciudad no muy lejos de Benarés o Calcuta. Se llama Patna. Una niebla casi invisible se adivina desde el avión y luego, en tierra, se extiende por el campo oscuro y a un tiempo resplandeciente, por una gran luna llena de diciembre. Un campo silencioso y circunspecto en donde se adivinan parcelas y sembrados, solitarios árboles en medio de un llano o en la ladera de un camino; algunas palmeras retoman ese paisaje norteño. Sombras solitarias de habitantes pasan por caminos descubiertos, recogidos en sus mantas que abrigan de ese frío que se adentra en los huesos, cuando cae el sol. Arroyuelos discurren entre lodazales y vereditas, parecidos paisajes a la tierra Lombarda. Se abre el frío en el fondo de unos cuerpos que caminan silenciosos a alguna parte, tal vez a sus casas. Bicicletas ruedan también sobre unas piernas que se mueven con pereza. Marco está en la tierra sagrada de Bodhicaya donde los pobres de mayor solemnidad acarician el suelo sucio, con sus deformados y embadurnados miembros; en singular desfile, acurrucado, un cuerpo viejo de mendiga descose, de su tergal mohíno, cualquier descosido o incompostura que a ella le parece. Mientras manadas de peregrinos de rasgos orientales deshojan su mala, desoyendo o tapando sus quejidos: Van hacia la estupa (centro de energía), importante en el mundo. Dragones y templos, barcos y templos, colas y templos, rostros de orejas grandes y templos, iconos y templos, pan de oro y templos, pinturas y templos… Bodhicaya era el punto de encuentro de humildes peregrinos tibetanos y de Asia mayor. Un vasto piccolo mundo poblado de templos pintorescos, todos dedicados a Lord Buda, maestro compasivo de todos los seres. En los tejados, adornados con figuras retorcidas, como cola de peces o dragones en sus puntas se posaban las palomas… A ras de suelo, “mendigos de solemnidad”, ciegos o cojos. Entumecidos miembros sucios, túnicas de Cristo pobre, manos aturdidas y cobrizas que extienden su plato de cobre hacia el paso de los peregrinos. Varias excursiones de niños, ataviados con trajes de escuela. Estupas que redondean y lindan con un cielo que pernocta, petrificado en gris. Tibetanos vestidos con trajes de montaña, cabello pastoril y piel curtida. Coletas negras o trenzas recogidas, malas sobre sus cuellos. Sonrisas y rostros humildes, de montaña tibetana, piel curtida de aire fresco. Mahakala, danzas protectoras: Dios protector del Dharma, todo recubierto de forma curvada, sonido de platillo y tambor; voz grave, honda, honda como una cueva para espantar a los espíritus malignos. Danza al son de un tambor, pero ningún quejido externo; ritual antiguo, muy puro. Marco apunta estas frases en un cuaderno bordado de color arcilla: Bajo un chopo casi centenario vislumbro cumbres rosas en tierra llana. Donde el trigo y el sarmiento se dividen en parcelas, en la época del año en que crece verde el trigo. Caminos agrios y polvorientos por donde camina un pueblo. De espaldas a Oriente pasan tranquilos niños de escuela, uniformados; la solemnidad adusta y triste de una perra solitaria descansa al sol, con sus mamas dispuestas y fértiles que fecundarán los perros de la próxima primavera… ¿Hacia donde van, pregunto, tantos seres? A repartir su silencio, su dilatada pobreza que al viento se esparce. Ah, sí, la tierra es así, enfundada va en su eterno devenir lento, pedregoso, ignoto, incógnito, seco y exuberante a un tiempo… Castigados los hombres a tragar el polvo de la tierra sagrada. La verdad, para ellos, se incrustaba en una rueda amarilla que daba vueltas, que giraba incesante, de izquierda a derecha, enseñanzas del Dharma, rotundas, profundas, majestuoso filosofar para reencarnar el cuerpo en un estado mas propicio, mas digno aún. Los dos Rimpoches, el mayor y el viejo, imponían las katas blancas o color vainilla, casi todas sobre el yugo que era un cuello humilde, ancestral y absorto. (Las bendiciones se hacían así). Eran sus leyes, el arco de cada día: ¿Ley antigua, espejo del dragón con máscara y cola que obstaculizaba el progreso espiritual del hombre? Tal vez, seria así, se dispondría así… Todo estaba bien. La ley del Mundo una vez más. Marco dormía. Descansaba su paz blanca en una cama dura, sobre colchones delgados y tabla firme. Abajo el plástico se repartía a montones, arriba, en su room cuadrada, los mosquitos. Ahora frente a la ventana abierta, la India desplegaba más que nunca su entero ser, su sequito de imágenes de atardecer convaleciente. Se extendían los campos de algodón y de trigo verdecido, bajo aún, mes de diciembre. Sonaban las esquilas de un grupo de vacas, cuatro o cinco, que pastaban a sus anchas en eras sin dueño; y sobre algún montículo las cabras dormitaban un improvisado descanso. Se oían por el camino los ejes chirriantes de las bicicletas, a la pedalada cansina de muchachos adolescentes. En cuclillas, bajo sus mantas, el murmullo de los viejos pastores conversaba plácidamente. Las solitarias y únicas palmeras dormitaban también y a lo lejos una capa de mancha disolvía todo el paisaje que era una estampa frondosa de árboles donde se adentraba una tibia niebla oriental. Siempre igual. Los días eran así: A su izquierda, en el lado de la cabecera de su cama la espalda de un Buda que miraba su faz a extremo oriente, y un poco mas a la izquierda de ese flanco, la estupa alta que forcejeaba, con el cielo, toda su energía consagrada. Una manada de cerdos se adentraba ahora en el bosque bajo de algodón para rebuscar entre su fango seco. Un grupo no muy numeroso de mujeres de vestidos rojos y azules marinos, con su balde posado sobre su cabeza, salía por otra vereda para topar de frente con los ancianos pastores, estampa fiel y diaria, a la hora de ese atardecer milagroso o difuminado en lontananza. Un poni, libre y feliz, correteaba de lejos, sobre un fondo verde de ese trigo novicio. Era difícil para Marco explicar o explicarse lo que vaticinaba su sentimiento e inteligenzia: La decadencia o desaparición del budismo en dos o tres generaciones; doscientos, tres cientos años... Lord Buda era solo una imagen, una enseñanza y un nombre: los hombres lo habían hecho así. ¿Era una luz que necesitase el mundo? Había sido desplazado o era ya, él mismo, un Dios de luz encarnado en otros cometidos. El río donde despertó Buda bajaba ahora seco y las heces de todas las personas que vivían a lo largo de esa ladera de río impregnaban la ribera seca de un olor a mierda, ejemplo de su final. Una luz macilenta cubría Bodhicaya. Era el 1 de enero de 2011, sábado, y miles de peregrinos del Tíbet, extranjeros de Europa o hindúes poblaban aquel recinto no muy grande, focalizado en la estupa. Allí, arrodillados o marchando de izquierda a derecha oraban por la felicidad del mundo: Por un mundo mejor. Pero era solo una suplica, un rezo. La atmósfera de Bodhicaya era un reflejo de lo desencaminado que andaba el espíritu de los seres humanos. Era gente, en el buen sentido de la palabra, buena, humilde y esteparia la mayoría; silenciosa y compasiva, como esas madres napolitanas o andaluzas; o de tribus mongolas y turcas. Gente que importaba muy poco al negocio de occidente y que, al fin y al cabo, se atragantaba en su resignación, en su rezo. Como en Roma el Vaticano o en Damasco La Meca, era aquello el centro neurálgico de peregrinación del budismo asiático. Todo alrededor impregnado de un ruido ensordecedor de bocinas de motos o rishas, plagado de los pobres corporalmente más sucios y que se situaban a la entrada del recinto de la Estupa, bajo el olor a plástico quemado... Aquello rozaba la idiotez o paradoja humana. Lo desencaminado que estaba el alma de su centro de apoyo sobre tantos y tantos seres; y Marco estaba allí, aprendiendo a ser menos orgulloso, a aprender de aquello que veía e incorporarlo a su mentalidad. Aquella multitud de seres que esperaba una mejor reencarnación, tal vez para un día alcanzar la iluminación que su Lord Buda ya logró, resignando toda su potencia supeditada al rezo, algunos a la meditación. Pero las ideas estaban claras, la tierra sagrada del Buda, la luz de allí, como en Jerusalén, había desaparecido. Quedaba en cambio una luz parecida a la de la luna, un vaho continuo, raro de explicar... (Y era así, por mucho que los fieles insistieran en volver allí.) 2 de enero 2011 Las cometas de papel sobrevuelan Benarés. Es espejo blanco la llanura del río con sus barquitos y barcazas yendo y viniendo, de una orilla a otra; a lo largo y a lo ancho. Al otro lado, la arena blanca y al fondo el bosque con altibajos de pradera verde adentrándose en esa siempre niebla, perla blanca. Benarés suponía el final del viaje, el punto y final a su odisea narrada: merecido paisaje último lleno de templos y equilibrio de ribera, reluciente espejo -como el mar gigante de Bombay-. El hotel donde se hospedó esas dos ultimas noches antes de coger el tren para Calcuta merecería la pena recordarlo por su romanticismo antiguo, su fachada ocre, su patio interior, su ventilador de madera ornamentada y su tirador de puerta de bronce antiguo, de color amarillo suave que daban a la habitación y entorno aire de estampa cinematográfica. Desde la terraza de ese hotel llamado “Ganpati” se alzaba a los ojos la vereda blanca del río que giraba en semicírculo y desaparecía. Dos puentes flanqueaban aquella entrada y salida de agua pura y sagrada a un tiempo. (El primer puente por el que se adentraba el río lo recordaba Marco porque había sido filmado por Satyajit Ray cuando Apu, el protagonista, llegaba con su familia a la ciudad de los músicos, de los rapsodas; de los recitadores y poetas de versos religiosos. Era domingo. Grupo de familias se extendían en la otra orilla, explanada de arena blanca parecida a la ribera de Bodhcaya donde se bañara Lord Buda. Levanta Benarés -es otro día-, como una cuenca antigua que se asoma a un agua blanca. Lleno de minaretes, cúpulas cilíndricas, fachadas inclinadas sobre un río donde desde temprano en una ribera aun cubierta por la niebla, los niños y hombres toman su baño. Ataviados con un bañador parecido a un taparrabos africano. La niebla aún permanece y olvida el paisaje largo, semicircular, de extremo a extremo, de esos dos puentes. Fachadas sucias, carcomidos ventanucos de madera con motivos que son decorados arabescos medievales. Cornisas, dinteles de palacio, mezquitas y minaretes sobre un punto de encuentro: Las GAT sobre la ribera macilenta del Ganges. Amontonados troncos de árboles en esas gats, dispuestos a arder en fuego infernal, mientras en el agua que recibe los huesos de los muertos chispean las candelas posadas por manos que ofrecen plegarias. Benarés, cinta de seda bajo el vaho del aliento del búfalo Nandín. “Si rezas, si te acuerdas de Dios Su: Mioya Moto Su Mahikari Hoho Mikamisama”, tendrás en un día de frío invierno una confortable litera de tren para un largo viaje hacia Calcuta, o hacia alguna región de Siberia… Una confortable litera alargada donde podrás apreciar el paisaje pobre, de niebla pura; en la explanada matorrales bajos y alrededor resto de basuras impuestas allí sin ningún orden, para su eterna decadencia de fotograma. Si te acuerdas de Dios Su, Él te dará un bolígrafo para ir reflejando las estampas ciertas que inundan el mundo del paisaje. ¡Una litera! Una litera cedida por el vespertino revisor, con barba poblada y sonrisa tierna que accede a su trabajo cotidiano y cede su mágico asiento, donde guarda una maleta en la que pone: “Aristocratat”. Lugar rectangular de dos metros de largo, ventanal desde donde se aprecia otra vez la ley del mundo. Después de haber esperado dos horas y media ese tren, entre el frío solemne de un día de invierno en Benarés… “Si te acuerdas de Dios Su” la vida es tierna en sus frentes mas infrahumanos, en lo más duro… -(Eso se dijo Marco mientras se recostaba en esa ya su litera camino de Calcuta.) Últimos paisajes de India… Últimos palmerales sueltos, parcelas con su verdor que despunta; últimos ríos extendidos sobre explanadas donde las mujeres lavan sabanas de colores, estampa de la huída a Egipto desde Jerusalén… Niños entre terraplenes, pelos gredosos y chamuscados; vacas rociándose al último sol de la tarde cuando todo parece más tranquilo, predestinando un mejor futuro. ¡Últimas estaciones de tren! Portamaletas con camisa roja, pañuelo anudado, policías y barrenderos mortecinos y aburridos de dientes blancos, sonrisa avispada con sombrero, casi bandoleros… Colores de los muros pobres, fachadas bajas… Pintura de pintor soviético estructuralista. Muchachos jugando al cricket, el deporte favorito de la India, camino de Calcuta… ¡Ya se adentra el tren por los raíles de Calcuta! Fábrica neorrealista, comunidad de hierro, pintura urbana. Conversación última de tren, entre cuatro indios de clase media que aceptan el destino de su país con resignación y hablan bajo sobre, tal vez, problemas generales y retrasos del tren… Sabiamente se escuchan, se dejan hablar en un hindi bajo, saludable; sollozo de un destino. Calcuta aparece: Majestuoso caos de viejo orden. Taxis dieciochescos, barnizados de amarillo que abultan como esculturas atascadas en la hecatombe aquella, junto al río de hierro que baña un Ganges misterioso; entre callejas que Marco -si tuviera tiempo- quisiera recorrer y que ella, Teresa de Calcuta, recorrió cientos de veces recogiendo a los miserables: Calcuta la Mayor, revestida de misterio donde camina alguna fábrica, algún resto occidental y los nazarenos descansan. Noviembre 2012

La ley del Mundo (Capítulo I-V)

(Noche anterior a su partida a Oriente): Marco se marchaba. Como la bandera de un alférez que se apoya en un hombro para servir a la victoria iría a descubrir, en pleno siglo XXI, otro estilo de chantaje, “regusto de café o yogurt”. A partir de ese su primer viaje a Oriente la apertura de otra mentalidad asomaría, o compasiva o tolerante. Fue el único de la saga que al final comprendería que la injusticia formaba ya parte del azar. El comercio lo vería de soslayo o fantasmagórico, como un resto de pasado familiar o un rescoldo de vieja usanza que a lo largo del mostrador atraviesa todo un corredor, hasta la otra de esquina, sombreado por un montón de cajas pero que acaba por difuminarse con el devenir del tiempo: Punto y final: Sedería apolillada, tornasol de alcoba bien sellada: Comercio antiguo, como el de los padres de su abuela, Clara. (Occidente había evolucionado así y el trueque, que se llamaba en tiempos modernos materia de miles de utensilios y ropas, ya no era una prioridad.) Pero él se iba, sin despertar ni molestar a nadie, ni siquiera al gato nocturno que bajo la luna velada y redonda de aquel octubre ronroneaba, como todas las noches, el olor de la putrefacta basura dominical. No, a donde quisiera que fuese y bajo el auspicio de su integridad sedienta no levantaría ninguna sospecha entre la Interpool. (Cree aún tener ese recuerdo reciente o vago de su amigos hermanos mayores, jugar a la peonza entre redondeles de arena y él mismo incorporarse con valentía a ese juego infantil con peonza de coronilla: “Peonza con coronilla a la tejadilla”, y verla minutos después volar por el aire para colarse en el patio interior de la casa vieja, abarrotada de olor a humedad. (Pero el juego, ahora, en su época plena, sería bien distinto. Sería un juego serio, maduro y real; y a pesar de los avatares y complejos mecanismos del poder factico: Espiritual.) La primera toma de contacto era Nueva Delhi, nada más y nada menos. La maleta que llevaba pesaba exactamente 25 kg. En el aeropuerto no le pusieron ninguna pega para facturar aquel bulto en la balanza que precede al corredor a donde van a parar todas las maletas de los viajeros atolondrados a ciertas horas de la mañana. Iba contento. Un excelente muchacho, parecido físicamente a él le facturó aquello. (La tardanza fue de veinte minutos de mostrador, hasta que el billete de embarque dijo: ¡Ok!) Era un billete escala Estambulul... Salir de una Esparta cilíndrica, abarrotada de cielo azul pero tapada con moles de metal y cemento mustio a cada paso le propiciaba a Marco una renovada energía celestial que a través de los ojos le aumentaba la compasión o amor por los otros, por mínima que fuese la mirada o la ayuda… (Aquel chico joven que facturó su primera maleta de 25 kg se adentró para siempre en su recuerdo, de avanzadilla, por su servilismo humilde en ese buen y casi único hacer cotidiano. Era el precio misericordioso que pagaban los trabajos inferiores en la inmensa exclavitud del mundo que se avecinaba e intuía y que ya se adentraba en los pasillos, desde el mismísimo aeropuerto). De viaje en viaje, de negocio en negocio, Marco abría otro frente, el internacional, en la saga de los suyos. Y unas zapatillas de deporte “Adidas” muy cómodas para andar serían sus primeras alas para vuelos insospechados, a modo de armamento terrenal, más importantes que el negocio del aluminio o el hierro y que estaba dando que hablar entre los múltiples lacayos de las medianas empresas que por el aeropuerto, a manera de aduana, pululaban. Porque el aluminio y el acero estaba más barato en Turquía o la India, y Esparta prefería importarlo: o hacer de intermediario: meterlo en contenedores hasta Luxor o Mosul. (De aluminio estaba fabricada mucha de la materia de cualquier aeropuerto, según se palpaba en el ambiente: Alerones, asientos, escaleras y columnas que soportaban salas de ambiente de espera. La industria entonaba un paso doble, trompetero, por el hallazgo de una manufactura barata, y ese pequeño empresario que tomaba aviones cada semana se lavaba las manos con una transación desde un pequeño ordenador o Interfax (es lo que le sonsacó a un intermediario que trabajaba para Acerinox en una “conversación de aeropuerto”, minutos antes de coger ese avión.) Pero Marco se había hecho una promesa: la de vivir la realidad. Quería sentir, a pulmón abierto, el poder de los hombres; el gran desfile de los espíritus terrestres. En el avión le iba subiendo el ardor de esa aceptación, a modo de energía. Vio desde arriba el mediterráneo azul, Mallorca y luego Italia, la marrón; la Grecia verde claro y la Turquía gris cobre. Después, en un abrir y cerrar de ojos, se dio cuenta de cómo su lenguaje expresivo ya no era el mismo: Se percato de eso mientras hablaba con otro “hombre de negocios” de la construcción que iba a un país del este: Azerbaiyán, (mientras no tardaba en arder su estomago y en enamorarse de dos islas pequeñas que divisaba desde el avión). Aún estaba por hacer, por descubrir la hermosa nube (o aureola) que le había rodeado durante su juventud. Quería, más que Jesús o Buda, ascender ejemplarmente sobre la tierra, subir y que le vieran los hombres, desde abajo (los suyos), los hombres a los que el azar se lo permitiera. Parecía esto un paradigma a la Americana, pero no, era muy consciente de que se le estaba permitiendo viajar y conocer. Y sabía que su ego no rejuvenecería a priori, sino con el recordatorio. En eso se parecía a su abuelo -que aunque siempre inmiscuido en la realidad de su país- si pensaba también que descendía de la raza otomana, por ser esta la primera civilización, tras Egipto y Grecia, que entrevió en Occidente la culpa de la herencia ancestral. Cuando se quiso dar cuenta, Marco notaba que tocaba Estambul. Y la luz parecía mas rosa, más difusa... Gracias a la copa de vino que le dieron en el segundo avión para ir a Delhi, la realidad se le hacía más fácil. Observaba ahora, desde su asiento, cómo dormía una señora hindú, apoyada contra su mano y los dedos de esa mano reflejaban unos anillos muy dorados… Pero como en el resto de los humanos, las observaciones iban por ligazón de castas y las observaciones entonces de la realidad no tenían suficiente consistencia, sino que eran virtuales, como los negocios. (Marco no tenía tampoco mucho por lo que enorgullecerse.) El avión llego a su hora, a las 3:05 de la madrugada. En Delhi le recibió una alfombra que era una moqueta con la que se había cubierto todo el suelo de un aeropuerto recién reformado. Al salir al exterior lo que primero le sorprendió fue, claro está, el olor. Ese olor de la India que rememoraba ya otro olor infantil y antiguo, perfume de otra casta; otra casta de ladrillo entre pinos verdes que pensaba haber olido en alguna parte pero que fue su abuelo Román el que en la genealogía se lo había trasmitido. (El olor en la India se mezcla con un vaho sofocante que calienta el entorno y casi incandescente rebota en el suelo y sube a ras de suelo: Entonces, como en la jungla que es de asfalto, todo queda sumido en una niebla que a modo de morfina, tranquiliza). Aquello era para Marco una balsa de aceite sobre la que bullía la piel aceitunada, o el vestido con turbante de miles de palatinos aparecidos de repente que, si no hospitalarios al primer enfoque, si dejaban que uno se abriera paso para alcanzar el taxi. Y es lo que hizo Marco nada más traspasar el umbral de ese aeropuerto: Poner tierra de por medio. Capitulo II Aquella misma tarde salió a pasear por Delhi. Visitó la Puerta de India y el Palacio Presidencial, todo aquello extendido sobre un jardín de bruma que sopesaba cielos sin fondo y sedosos que se filtraban en cuerpos de niños hechos de cobre, tan negros casi como su propio cabello corto y que se repetía luego en los pájaros que chillaban, poéticamente, tras el fondo de árboles enormes y sin nombre, o con nombre innombrable para un occidental. (Ahora, el roce repetido y casi infinito de miles de pisadas de zapatos ingleses y puntiagudos, a modo de babuchas, muy elegantes; o de sandalias que dejaban al descubierto dedos gruesos y sucios, desconocían su pasado o su pisada...) Los árboles, incendiados aún por el sol rosáceo que descendía, manaban, aquella tarde inmortal, la pasividad y complacencia de un mundo antiguo, petrificado en el ser de su lenguaje hindi, ¿legado de una cultura interior, oculta o persa? De repente, la sombra derecha de un viejo señor que con sus labios hacia pompas de jabón desde una barbilla otomana, y la sombra izquierda -más pequeña- de un niño que vestido con una camisa pulcra le intentaba vender un elixir, le animaron a levantarse y alejarse de aquella explanada cultural, plagada de turismo interior hindú. Al final de la tarde, delante del último sol que se escondía sobre el lejano occidente, el Palacio Presidencial aparecía al fondo de la otra cara de la explanada, frente a la Puerta de India. Desde aquel montículo leve al que se ascendía, se divisaba un espacio occidental desnudo, hacia otra Europa, más sovietica; y el espacio oriental, vestido con alguna torre blanca y abovedada a lo lejos, auspiciaba el augurio de que Marco se notaba príncipe de sus decisiones de lo cotidiano. Aquel entorno rosáceo que estaba embadurnado en una aureola de paredes ocre o color teja, bajo unos monos que moneaban en la cornisa de aquel Palacio. Marco notaba el cambio, pero muy levemente. La autoconciencia versátil del Nuevo Mundo se balanceaba, sutilmente. Los niños engatusados como ratones en un lodo de suciedad purificada por una aureola de objetos de todo tipo: Ceniceros, máscaras, espejos, relojes de arena, lámparas, gramófonos, cojines, cajas, dagas, libretitas de corte inglés, posavasos… Todo un sin fin de material casi incandescente que protegía, con su forma, la casa y almacén a un tiempo… Todo le sorprendía y los instantes se hacían, repetidamente, al paso de una nueva sorpresa: Un niño que sirviera un chai, por ejemplo. Reflexionaba Marco sobre otras vidas anteriores. Lo mucho que debería haber sufrido ese niño hindú que fue y que no supo tirar la peonza junto a otros niños: y su enfermedad de oídos que purificó, para ahora, en su vida occidental, escuchar el tibio acento del hablar hindú que surgía limpio entre las basuras y las fachadas de esa orgía de piedad sin fondo y tamizada por su color y llamada Delhi. Ciego paseaba como un gurú Devji, solo, enamorado, andrógino y ecléctico, enroscado en ojos clandestinos. El sol reacio del segundo día se negaba a declinar y permanecía ahí, como posado tras la silueta de pergamino de pavos reales. Marco se sentó un momento a descansar en el museo Nacional, en Rd. Janpath, 110 / 111. Reflexionaba sobre la superpoblación mientras veía pasar, por los corredores del museo, niños de escuela educados y correctamente vestidos. “Qué bien -se dijo- menos mal que los niños se educan pero primeramente había observado, desde una risha, la mendicidad absurda e injusta de muchos otros niños a lo largo de calles sin nombre de Nueva Delhi. Rabiaba por la incomprensión y el caos de la raza. Una piel delicada y aceituní trasparentaba una sensibilidad muy antigua, refinada, esencial... Y los trajes uniformados del blanco al multicolor de hermosos niños que casi correteaban por el museo, dejaban palpitar un cambio que Visnú, Shiva o Buda dejaban entrever magnéticamente a través de sus esculturas en piedra o bronce. Pero la superpoblación era real y era un problema, un gran problema que propiciaba demasiado descaro a las empresas occidentales. Los arroyos interiores de Nueva Delhi, que entre grandes masas de árboles en bruto sin ajardinar servían aun de pulmón a la mañana que levantaba, corrían grises; un gris turbio casi violeta que se adentraba en una turba verde… Cerdos salvajes a las orillas comían restos de una papilla de arroz, orillados bajo la acera, al pie del parque, restos que se habían almacenado durante toda la semana por individuos de chabolas lejanas y más próximas. (La pintura tan pulcra en pergamino del Museo Nacional tenía, en pleno siglo XXI, una estampa caótica, no surreal muy real, injusta y casi asocial: No dionisiaca, sino subversiva entre un fragor de móviles, plásticos y aviones que cada cinco minutos aterrizaban desde oriente próximo en Delhi.) (Imaginó una entrevista. Una entrevista en una casa rústica, en un día lluvioso de otoño para una cadena internacional de televisión, hablando de su ulterior vida: “-¿Te vendrías conmigo al mundo astral? -le decía a la entrevistadora-. Estoy algo cansado de lo que se ha hecho aquí. Me ha dado tiempo a casi todo, más incluso que a Visnú, ja, ja ,ja (risas). El tiempo es una fábula perfecta y encantada que debe aprovecharse para que los actos no vayan en balde…”) (En ese momento despertó.) Capítulo III El holocausto del plastico (viaje en tren) Pero los dioses aquellos de luz, antiguos y de formas frágiles quedaban reflejados en piedra o bronce. La tierra bramaba más que nunca. Decidió entonces conocer el paisaje nebuloso, verdadero y húmedo por esa indeleble neblina que mañana tras mañana levanta luz difusa. Y una de esas mañanas, muy temprano, cogió un tren hacia el alto Rajastán. Un indio amable -(los indios son por lo general personas amables), en el vagón del largo tren que se había previamente introducido muy lentamente en la estación “New Delhi”-, le cedió el sitio al lado de la ventanilla. Antes, en plena estación abarrotada de gente a las cinco y media de la mañana, un leproso sin ojo se le había puesto en frente un buen par de minutos, insistiéndole en el obsequio de una limosna. (Pero Marco no se había atrevido a levantar la mano…) La miseria asomaba, más que nunca. Desde esa ventanilla del tren aparecían los arrabales que recorrían la vía y que eran, en su pleno sentido de la palabra, espeluznantes. La pobreza más absoluta que Marco había comprobado o visto, era real y fotográfica. La pobreza denominada fantasiosamente “del plástico”. Niños, jóvenes y viejos que habían nacido y crecido entre montañas de eso, material incorromplible y casuchas parecidas a cuevas de paredes destartaladas de cuatro metros cuadrados desde donde asomaban fuegos fatuos; luces del color del fuego, que era una marmita hirviendo en el resquicio de un ventanuco-agujero que traslucía una falda roja, naranja o azul celeste. Era el holocausto de la suciedad y la miseria en su cúspide, de una manera brutal. Guerra de los sentidos, recuerdo que tenían su abuelo y su padre de la explotación y que llegaba a su conclusión, a su definitiva aparición, sin ningún lugar a la duda. Montañas de ese material fabricado por multinacionales o pequeñas fábricas que allí mismo asomaban sus torretas como fuentes estomacales, resaltaban la potencia de la desigualdad del mundo como voluntad de Karma o acción donde había triunfado la Mierda. Toneladas de escombros esparcidos sin ningún sentido convivían con torrentes o arroyos tan turbios como el carbón, o algo menos, como el acero; o eran tan verdes como una pradera de primavera donde los niños impávidos, sentados en cuclillas, casi en posición fetal, sobre valles de basura veían pasar el tren junto a puercos (que allí no se comían) y que rebuscaban algo orgánico. Ese paisaje chamuscado era un holocausto neocapitalista incorrupto y antiguo a un tiempo, un campo de concentración, en pleno siglo XXI, de superpoblación, explotación y subversión. Eso le impulso a Marco a seguir creyendo en la luz y finalizar con su estirpe reconociendo el error de la tierra y abdicar en favor de la piedad y el silencio. Había que ver la miseria, pensarla, analizarla como la parte del espejo, sin coacción y en toda su perspectiva. Con firmeza marcial, sin descarrilar. Tras esos largos y suficientes veinte, treinta km..., donde pareciera que el tren quisiera recrearse, poco a poco y según amanecía el día por un oriente rosa, subyugado todo a un sol piadoso que comenzaba a alumbrar de nuevo todo el espectáculo de India, fue apareciendo el campo con su surco: Las pequeñas y bien ordenadas parcelas de arroz, trigo, garbanzo, maíz y heno recogido donde alguna mujer sola se agachaba como un junco, descargaba su hoz inclinándose hacia la tierra, con un vestido que eran telas conmovidas por una brisa condensada en bruma silvestre y polvo de surco recién lavado… Era tela de un color que vislumbraba la estampa de una cortesana medieval que hacia la madre tierra, se inclinaba. El efluvio de la cosmética de Phuskar le distrajó de esa otra visión anterior desde la ventanilla del tren. Marco, el bueno de Marco, que cerraría la estirpe de su saga o “family” quiso aclarar en su interior este sofisma: La horrible influencia de las castas, el Estado y el Capital. Todo había sido una aceptación de “modus vivendis” que había negado la evolución e impedido lo espiritual frente a lo material del plástico y el acero y por tanto, la conservación de la mierda. Brahma había creado las manos y el cerebro de los hombres, y había creado el polvo de la tierra y entonces el hombre observando los pétalos de las flores bañadas por el sol, creo el color. Y el color era la cosmética de los utensilios y el vestido; de los espacios de calles estrechas y sucias que entorno a los interiores colmaditos de fachadas blancas, desde donde caía la tarde que se entremezclaba con rituales que espejeaban cualquiera de esos lagos de un turbio azul celeste que al ritmo de puyas alejadas inmortalizaban el olor y por ende, el color de India. Pernoctar bajo dinteles medievales y blancos, azulados en la noche por bombillas de color, cúpulas como sombrillas y entradas de ventanitas que como el deseo, interiores y misteriosas, indican el secreto oriental. Marco se acostumbró al despertar hindú. Se levantaba pronto, a las seis y media de la mañana para salir a la planicie, a las afueras de Puskar, entre montañas que rodeaban aquel valle con lago incluido. Sentado en la arena color café o color crema suave del desierto, aún recubierto de encinas verdes con pinchos, salpicadas de juncos que crecían dispersos, -bañando un entorno espinoso y desértico, entre el verde claro o verde azul y blanco por esa bruma que insistente manchaba el fondo de todas las cosas-, observaba desde una duna ese valle -digo-, con su lago central tan venerado por los shadus del lugar. Quiso hacer una oda romana en latín a aquel paisaje… Soñó con un mapa la noche anterior, donde detalladamente se le había indicado cada ciudad fronteriza, con un nombre clásico: Luxor, Damasco, Pérgamo o Mosul… Aquello era la construcción de un nuevo universo terrenal más puro, más justo y más ordenado. Era el comienzo de la nueva era que pertenecía al sollozo del niño y del hombre de bien; y al silencio de la música con su idea. Se puso contento al recordar aquello que se le había revelado: Lo viejo cargado de nuevo; girando la cabeza hacia atrás levantaría la mano para purificar la tierra: Desde Oriente, la luz bañaba el Mundo. A los santones de por allí se les llamaba “shadus”, “babas” o “majaragis”. Tenían su espacio acordado en pequeños capiteles, alfombras y una manta. Se construían un espacio en cualquier parte. Acampaban su cuerpecito a sus anchas en un rectángulo que era, o el suelo o una escalinata con promontorio de piedra donde se sentaban a ver pasar los autos o las vacas; o a coser hermosos bolsos con diminutos bolsillos donde guardar secretos. Estos santones deambulaban también pidiendo limosna. Y la humilde luminosidad de aquellos santones que era difusa y rala, pero profunda a un tiempo, impregnaba aquello de cultura ancestral. Envejecida, asumida en un entorno caótico de desigualdades, barro, polvo y ruido. En el campo abierto cargado de árboles verdes y acacias, chicharras y arbustos semidesérticos no había visto a ninguno de estos santones. (Sí cerrada alguna choza con candado, levantada sencillamente con ladrillo rojo oriundo de aquella tierra, donde una tela sucia a modo de cortinaje indicaba que allí no había nadie pero que había estado...) Afuera, en el zaguán, objetos y flores secas, espejos y alguna vasija de barro indicaban que allí hubo un pequeño altar no hace mucho. Valía la pena visitar los campos de las afueras por donde casi nadie andaba. Algún pastor de cabras solitario o algún niño que llevaba la leña sobre sus hombros... "La rebelión de los Shadus" era un título de tolerancia y saber estar en calma, renunciando a los poderosos deseos humanos que con tanta vitalidad rodeaban las mentes de millones de seres humanos, aquí y allí, para ganarse el pan bajo los tamangos enormes de verde paz y abundancia generosa. Y cogía los caminos interiores del Edén, detrás de su hotel, cuando el sol bajaba grande, como una balsa, tras esos tamangos, almendros, mangos, plataneros y cactus de multitud de espacios cercados, a modo de granjitas privilegiadas que pertenecían al submundo de los hortelanos y pequeños labradores, alguno con tractor, que vivian muy decentemente para respirar y vivir fuera del tumulto de la urbe que regentaban aquello -como un presente de la tierra-. Saltaban desde la valla el cercado de palos superpuestos al camino, paseando, hasta llegar al limbo del territorio de otros shadus que vivían a orillas de la montaña. Allí estaban siempre con su vestido naranja y su abundante barba, pasmarotes, pero cargados de silencio y tranquilidad. Sus ojos brillaban siempre y el contacto con esos ojos dejaba un sabor sin regusto obsceno, que suele pertenecer y preceder, en occidente, al alcohol o el cannabis. Vergeles que terminaban a orillas de la montaña, en las casas de los Shadus, donde los niños rendían pleitesía regalando y ofreciendo rosas o flores olorosas; o tirando besos de amor al aire, hacia él, hacia Marco, con la más pura voluntad e inocencia tierna. La luz del sol terminaba por rodearlo todo: Vergel, fuente, surco, tractor, camino, choza y fuego... Capítulo IV Se levanta la realidad de la India, como cada día. La bocina de feria de un autobús ataviado con guirnaldas donde desde sus ventanillas surgen los miembros esculpidos de viajeros hacinados que avisan de su llegada. Los perros se doblan para desperezarse y los santones que deambulan desde muy temprano, comienzan su actividad doctoral. Una camioneta reparte bananas entre los viejecitos y las motos cargadas de verduras y legumbres ronronean hacia Ajmer... El rosa del aire cálido impregna el polvo, las acacias y los magnolios donde debajo convive un gurú que canta vestido de un brillante amarillo y que acaba de convidar, a ese su espacio, a otros comensales tempraneros. Otros, que parecen vecinos, discuten acaloradamente pero con palabras tiernas o altisonantes y que suenan hasta desaparecer placenteras. Pronto saldrá el sol entre la cumbre de la montaña, mientras el canto de pájaros de alitas de colores y pico picudo se balancea en lo que parece ser un cable de electricidad. Luego el armonium monocorde va entonando notas exactas de la vida misma que son el tono del color, la plata, el pañuelo, la manta, la cartera y la corbata del niño de escuela. El contacto con la calle larga y estrecha a un tiempo, llena de ruidos y tumulto donde funciona el articulo vario, junto a cuerpos mezclados con objetos le inspira un break, un descanso merecido a la jornada de polvo rosa e impresiones, bajo una luz sombreada de marrón o gris turbio. Se fija en la fachada, no renacentista (medieval) o gótica, muy hinduista, con ornamentos de dioses y diosas cincelados con contorsiones casi circenses, arcaicos y modernos a un tiempo, donde elefantes semidioses se mezclan con otras deidades de filiaciones complejas, en genealógico árbol de ritos o iconos no concluidos. Cayendo hacia bajo la cola, el rostro de un mono desde una celosía de madera de arco ornamentada con hierros oxidados, plenamente sucios pero sugerentes, de regusto medieval, conviviendo así en pequeños entornos de casuchas pequeñas y cuadradas, bajo la atmósfera turbia de un cielo navideño pero soporífero... Sí, la realidad levanta pronto. Es lo más propio, comerse un par de bananas y llevarse, en la lota, su porción de agua para cocinar o enjuagarse la boca durante una jornada: de sol a sol. La manta -imagen antigua de nómadas o pastores- colgaba de un hombro delgado y moreno, cubierto por harapos que caminan a un punto de encuentro matutino: Los templos que auguran, entre cantos lejanos y tímidos, el comienzo de una jornada... Interminables hileras de tiendecitas aparecen a lo largo de una carretera abarrotada de gente y polvo. Casuchas cuadradas de hierro chapado conforman el espectáculo de unas carreteras abarrotadas de motos que se hacinan en el único surtidor del pueblo, a las afueras. Las apisonadoras de graba esperan su turno para cuando sea necesario acicalar de nuevo la avenida hirsuta. (Motos y bicicletas que son el medio de locomoción principal. Motos de la marca Hero-Honda fabricadas en India con tecnología japonesa.) Y esas casuchas donde se hacinan llantas de ruedas de motos y bicicletas para reparar pinchazos, engrasar ejes o ajustar tornillos a cilindros o bujías: (esa capacidad neorrealista, nostálgica, mediado siglo XX italiano o español, tan importante en una población que supera la amplia cifra de 1.000 millones de habitantes). Casuchas para arreglar la nueva avería del mono vehículo imprescindible para llevar y traer. Y tras aquello, en un ambiente campestre bajo la niebla soporífera del fuego del sol, aparece un pueblo donde se hospedan cinco o seis babas tranquilos, rodeados de Banyhans, árboles antiquísimos que sumergen sus ramas sobre corrientes de agua que tras el monzón del pasado verano no terminan de correr limpias, sagradas y trasparentes y donde corretean cangrejos en su fondo, oasis perdidos entre tanta muchedumbre que encuentran también su espacio para manar en alguna forma, corriente montañosa que baña el valle. Los dos franceses que se encuentra allí, sentados y fumando respectivos cigarrillos de liar, Serge y Frederic, le explican multitud de anécdotas sobre India. Dos hombres experimentados, de unos cincuenta años; cuellos arrugados, morenos y trompeteros empapados de sol a fuerza de viajar y fumar en sus interminables viajes por toda India. Hombres curtidos, occidentales y salvajemente formados en oriente. Dientes grandes, blancos, a lo "Brel", capitanes de mordedura de raíces de tabaco y hachís adornados con pulseras de plata y latón, maravillosamente ornamentadas por artesanos del Sur o el Nepal... Cabellos blancos y chanclas tan importantes para el viajero que plasman dedos gruesos de pie que forman parte de su conocimiento, nomenglatura y misteriosa sensibilidad aún no encontrada, o perdida entre los árboles salvajes de India. Por la noche, la luz pobre de la farola antigua apaga los tumultos de la tarde y deja entrever otra realidad más silenciosa, tamizada por la espina del cactus del jardín interior de las pizzerías que cuenta con hornos redondos de barro, a modo de hornacinas gigantescas. Gemidos de celosía se cierran o abren en las terrazas, para instigar al secreto. Miradas discretísimas tapadas con pañuelos anudados a una boca sin besar todavía, como ondas vertiginosas que quieren descender a los escalones del portal con dueño. Tortugas donde una tripa se fortalece, acongojada a la sombra del zaguán. Niños no forzados a jugar se distraen de la última jornada, bajo la luz difusa, pertinaz y no muy pesada de la ciudad que ya comienza a dormirse... Sobre el búfalo Nandín El estaño del lago -su planicie- reflejaba vestidos coloristas, túnicas de niño pobre que al mirar del extranjero se desplazaban de un sitio a otro, como queriendo quedarse e irse a un tiempo, a la vez que levantaban la mano como símbolo de amor. El camello había antes, en otra estampa, levantado su cuello sobre el banyhat mientras la niña de encantador encanto portaba sobre su cabeza madera para el fuego del hogar. Los aretes del hombre adulto del pueblo que se manoseaba la punta del bigote sobre un barbilla pulcra y afeitada, como de madera de boj claro, brillaba. Niños que en la pradera montan las cabritas antes de recogerlas, cuando de repente el abuelo aparece tras unos arbustos e irrumpe, con palabras entrecortadas, por la explanada... Tumultos verdes, sombra de bulto de elegante forma reflejada en unos pantalones ceñidos de riguroso corte ingles; adolescente que empieza a auscultar, en su inocencia, el sabroso perfil de la modernidad que atisba a mirar en la pantalla de una cámara de fotos digital. Terracota, joya de los pueblos en cualquier orilla o esquina, entre paja seca o promontorios sucios.... (“El cilindro de la muerte”, la moto que da vueltas en espiral por la fuerza centrifuga, mientras la gente a los lados tira billetes de cien rupias, espectáculo que más impresiona de la CamelFair). La Paramount mimetizaba sus anuncios cartel con la inmensidad de lonjas cuadradas de chapa vieja y humedecida que -repito- aparecían como serpientes marinas a lo largo de toda la road principal que arrancaba desde el centro de la ciudad mastodóntica, camino de cualquier parte que significara salir de allí. Hacia Ajmer iba el autobús de línea regular que atravesaba, de cabo a rabo, la cotidianeidad de la tarde jaipuriense mimetizada con las cosas que la traspasaban: Camiones, motocicletas; frutas, legumbres, niños, refrescos, rodamientos, tubos cilíndricos, varas de hierro soldado, chapas listas para cualquier tejado. Más lejos la fabricas bajas de mármol, lapidadas, cortadas en medio de un camino que, ora polvo blanco ora barro por la ultimísima y rara lluvia caída en estos días, parece desaparecer o continuar. Esa lluvia necesaria para barrer el polvo y que vuelve a traer, no la miseria, sí el olor y el barro donde la realidad del autobús, la humildad y la verdad del ser humano o la humanidad resalta más. Lejos, -decía- esas fabricas bajas de mármol de Kishangar que predestinaban el campo: Alguna torre cilíndrica preconizaba la situación de una fábrica de ladrillo rojo cocido. La manofactura era casi irreal, labrada, perla de argento o coral: De vez en cuando algún cartel en medio de la inmensa planicie aportado por el neo capital, junto a vallados alambrados malamente. Y vuelvo a repetir, casuchas y casuchas cuadradas improvisadas para cobijarse de la peregrinación a otra parte, en el “vaste land”, en un área mitad urbana mitad campestre mientras pasaban los camiones adornados con guirnaldas y que en su parte trasera llevan estas palabras: "blown horn". El manojo de llaves colgado de cualquier dintel de cualquier puerta pequeña pintada bajo cualquier cubierta de piedra azul celeste claro diluida por la lluvia que caía ahora a cuenta gotas resaltaba o humedecía más y más el olor de las pisadas, confiterías o metal: Todo mezclado. Cualquier patrón de vestido colgaba de los muros, o de arandelas atornilladas a una chapa roída que hacía de cubierta: lámparas de aceite, collares, colgantes, bolsos se asomaban a la estrecha calle,sin que nadie se atreviera a tirar nada y aquello permaneciera allí como eterno mostrador frente a vacas, niños y viejos que subían o bajaban en un siempre ir y venir desde el amanecer del sol hasta la luna. Cuando sonaba alguna armónica, o alguna flauta dulce perdida entre la multitud, algún israelita hacendoso que imitara sones anglosajones o a lo sumo mediterráneos o de Ipanema de una improvisada Jamaica continua y estándar... Luego, ese tímido olor a orégano o pimienta recordaba un día en Parghang, área de Delhi; o al tren vaporoso donde pernoctara el francés, dos días enteros, antes de llegar al este de India. Vagón de primera con sábanas personales, enchufe para máquina de afeitar eléctrica y digna ventanilla por donde, de día, se veía todo el paisaje desde el centro hasta el suroeste, en el estado de Tamil Nadu. Luego el arrastrar de pedales y el movimiento impecable de los radios de la rueda de bicicletas. Rodando, rodando en plena calle todo aquel mundo envuelto en una rueda de bicicleta para confluir con el movimiento de subidas y bajadas de la céntrica calle donde manadas de niños con pies y chanclas pisaban un suelo sucio, desde unas piernas casi negras, cutis de la piel. Y las túnicas largas, embozadas de mujeres de pelo blanco que casi barnizaban la atmosfera cargadita de tubos de escape. Era el macro mundo de la tierra, sí. Y un fuerte y casi extraño olor de almizcle, incienso y gasolina ardía en esa atmosfera. Las bocinas trepidantes hacían su agosto, sin parar, y apagaban el suave rumor de otras cosas: Una flauta, un timbre de bicicleta. Llevando la vista hacia arriba se atisbaba el nudo de cables que caóticamente componían la estética de una calle cualquiera. En las fachadas se acaloraban con el iris corporal señales, letras en hindi y en ingles: “School music” & “dance”, “breakfast”, “lunch”, “dinner”, “roof”. El mono hacía el resto comiéndose una banana que le había lanzado el señor del puesto desde una carreta cubierta de bananas, manzanas, tomates y granadas de un lugar: El Rajastán. Ese mono en la esquina que es una torreta abovedada, adorno de un templo plantado ahí, en medio de la nada, por antiguos pobladores medievales, tallado en mármol con motivos que son, esta vez, hojas de laurel o acanto. Señora y niños siguen pasando ataviados con vestidos, túnicas que distraen de nuevo la mirada y el color cobrizo de la piel que delata un universo de nómadas: Vientres mal nacidos, pobres y a la vez misericordiosos con su único ambiente. Capitulo V La realidad del aeropuerto era distinta: El capitalismo o comercio de los “shops” y “coffees” improvisados en standes de acero habían hecho mella, pausada pero efectiva, en una súper población no acostumbrada al lujo, la limpieza sobre todo. La diferencia se palpaba entonces brutalmente entre las distintas castas. Había una India medianamente opulenta mezclada ahora con una muchedumbre que saboreaba su primer trabajo decente, como portamaletas o técnicos de improvisadas rampas para adjuntar al lomo del avion. Toda la otra India quedaba afuera, en la realidad, tras las puertas de las salas de ese aeropuerto. El comercio marchaba y los trenes y aviones interiores se sostenían gracias a la cantidad de viajeros de sur a norte, del este al oeste. (El avión en el que Marco bajaba a Goa era de la compañía Spicejet, una compañía de bajo coste. Ya el billete le había salido moderadamente barato: Cien euros. Pensaba que merecía la pena no estar tres días en un tren para hacerse 2500 km). Era la única India que aparecía limpia, la del suelo de sus aeropuertos donde los viajeros indios vestían muy correctamente, sin aparentar problemas monetarios. Era un lugar ficticio que cerraba su entrada herméticamente y por un momento, a la realidad de la atmósfera. Las marcas occidentales vendían sus eternos productos de tecnología, alimentación, cosmética y comunicación en una circunstancia que preconizaba un cambio en una pequeñisima parte de la población, aproximadamente el 20%: la otra estaba en la calle respirando el magnífico olor que Marco recordaba aún, el de la primera vez. La exuberancia de algunas horas más tarde, a la orilla del Índico le distrajo y borro repentinamente las ideas preconcebidas sobre los problemas sociales de La India. En este Caribe improvisado por portugueses reaparecía una vida más idílica. Las palmeras, magnolios, mangos y la música tropical y verde -como el son de México- peinaban y hacían el paisaje. Un verdor santanderino y fragancia húmeda del aire alzaba la palmera y su silencio forestal entre arreboles de hojas que cubrían ambos lados de la carretera. Camiones y autobuses de una Habana nueva componían el silencioso mestizaje de culturas bien mezcladas que soñara otro Francisco Javier. El cruce de caminos, hileras verdes bajo suelo ocre a ninguna parte, alguna planicie de suelo encharcadisimo. ¡Son los arrozales! Mientras sobrevuelan miles de insectos, mariposas de alas violetas, blancas entre un negro que resalta el vivo color de la pureza y el mar. Extendido entre cocoteros altos: el océano Índico. Era domingo, pequeñas iglesias con una cruz en el tejadillo anunciaban la mañana dominical cuando aborígenes de aquí, del cálido Caribe del Índico subían elegantes a la ermita para escuchar la misa semanal. Aún alguna mujer mendigo con su hijo en brazos esperaba, debajo de la cuesta, a que bajaran los feligreses. La región de Goa era así, otra Cuba metida, enclavada en medio de Oriente -como si nada- a la espera de la variedad de diminuta flora y fauna. El sudor de los poros resaltaba la salud, la purificación en el agua del mar, el aguacate, el mango y la piña. La didi posaba sobre su cabeza un cesto de mimbre, junto al arroyo verde y junto a la choza de caña y la manada de cuervos que picoteaban un pez muerto y blanco en la ardiente arena de esa playa. Ondas de aire arreciaban el volumen de un espacio blanco a fuerza de sal ardiente y Marco recordaba La Habana y Cádiz, Tacita lejana en la otra parte del mundo. El mar de Arabia se extendía a lo largo, como un inmenso silencio de luz. Un tul violáceo, falda de pescador, coloreaba un poco ese espacio gigantesco: Al fondo la selva verde, plagada de cocoteros altos subordinados a un cielo grisáceo. (La ventana, arco de paja de choza improvisada, hecha de ramas que son trenzadas ramas de palmera seca anuncian un mar en calma: Cuerpos cobrizos deambulan por la arena. Atrás rompen las olas bajas y más atrás los petroleros o barcos grandes que indagan el fondo del mar de Arabia. Son descripciones vagas, imprecisas o banales casi aburridas, frente a todo lo que bulle en la cabeza de Marco que aprende a aprehender el tiempo, con una paciencia de viejecito ruso nostálgico y desterrado.) Luego era el sabor delicioso de la cena posterior del excelente cocinero nepalí que manejaba sus manos como un verdadero malabarista, enrollando y desenrollando la masa o la pasta que por fin metía en un horno de latón oscuro con una gran tapadera de cobre para luego servir aldentes momos vegetales o de pollo con sabor picante… Bajo alargadísimos troncos de palmeras enroscadas en un cielo casi anochecido de azul índigo que sujetaban ese humilde restaurante rodeado de casas que son chozas de los aborígenes, para entristecer a la noche y darle un sabor mágico, humedo y perdurable entre chozas y cabañas de caña que son andamios; y cubiertas que son hojas de palmera. Mientras Marco se masajeaba levemente con palmaditas la cara con el “after shave” Floid en el único espejo diminuto de la “guest house”, le sobreviene de nuevo este pensamiento: La súper población de Asia significa gran parte del problema de la ubicación física y psíquica. El por qué no se puede explicar sino con la experiencia. El devenir humano era así y si a corto plazo no se podía cambiar, era irremediable la apoteosis de la explotación. Según recorría las zonas o areas de población encontraría apta la dignidad de la gente, según sus posibilidades. Bautizaba con la mirada cuerpos sanos, barnizados por el sol y el vaho del entorno. Pensó y certificó que era así: La raza humana vivía en torno a un espectáculo gigantesco de reliquias vivas: Cocoteros, arrozales, insectos, mar, arena, barcas, pescado. “Gira, gira el mundo a través de los sentidos, del sentido de la energía atómica que se demuestra con la luz viva, carne del mundo a través de los poros y el amor. La verdad transgrede lo más sencillo o fácil que es vivir a pulmón abierto, dando lo que se es dado. Era una forma optimista de apoderarse, visualizar, creer en el mundo hecho por dioses buenos, en un principio.” Lo hubiera hecho. Marco se hubiera quedado emplazado siempre en el mismo lugar. Qué le hubiera importado. Poéticamente era correcto, iba con su cohorte mental y además lo que le interesaba era profundizar en el yo de su circunstancia familiar. (Pensaba, después de este viaje, ponerse a trabajar de barrendero. Un oficio que respetaba profundamente.) Paseaba embadurnado de sol por la playa tórrida, en pleno mes de noviembre, como él quería. Era un sol que aplatanaba la espalda y los pensamientos, un sol que engendraba mucha fuente de luz. Sus reflexiones destilaban verdades como recompensa al enardecido cuerpo que resaltaba allí, en pleno mes de soledad. La creación de guiones cinematográficos era una cuenta pendiente (historias de un cine), representaciones convincentes de una realidad a fin de cuentas, y que estructuralmente tenía claro. Serían binomios, “face a face”, dos personajes antagónicos que se tendrían mucho que contar y por medio de ellos se representara el mundo. Eligió el cuervo como animal, pájaro negro que sobrevolaba en Goa las playas en busca de carnaza muerta. “El cuervo y la paloma”, “El cuervo y el pescador”, “El cuervo y el sombrero”, “El cuervo y el cangrejo”. Sí, ese cuervo representaría la ley y el castigo. Las leyes humanas al servicio de un orden y una moral. Pero muy tiernamente descrito por un animal con lago de padre evangélico y ternura, como antiguos clérigos buenos en alguna abadía o país lejano, españoles o portugueses; o antiguos caballeros de cruzadas en tierras santas de Jerusalén. (A Goa venían a parar los absortos turistas israelitas). “El cuervo y el mendigo” abriría una trilogía de representaciones fotogénicas, a caballo entre la fabula y la epopeya. “El cuervo y el búfalo” sería la segunda narración que llevaría moraleja por los siglos venideros y en paz. El binomio, el antagonismo, la dicotomía, la dialéctica, en fin, ¡la dualidad artística! moría en la jungla verde… La respiración tomaba pulmón vegetal en cadenas de montañas bañadas de rocío tempranero. Algún rugido de algún animal salvaje surgía muy adentro, entre la frondosa vegetación, tal vez un tigre o un zorro astuto. Esa jungla donde los jóvenes de la provincia de Karnataca venían a trabajar esta vez a un templo hindú del siglo XII: Llegaban a una ya fronteriza Goa que hablaba el Concani. (Las lenguas oficiales o reconocidas de la India superaban la treintena. Luego subsistían otras veinte dialectales no reconocidas). Entonces la pluralidad de individuos era un “vaste land”, como la jungla interior de árboles, de personas en el justo sentido de la palabra, pura o buena, donde la realidad era un pulmón de serenidad y quietud. La contaminación acústica y corporal: existencial, había tomada un rumbo occidental, lejano ahora: Ahí donde estaba Marco, lo servicial y la educación en el esencial sentido de la palabra, sin estereotipos o falsas apariencias: Era la jungla verde, pulmón y realidad, realidad y pulmón sereno e inmensamente verdadero. Un cobijo circular hecho de hojas secas de palmera y palos entrecruzados como vigas primitivas con mástil en medio, parecido a un paraguas, resumía esa hospitalidad del lugar sobre ese antiguo templo de Shiva con su Nandín de guardián cohorte y que rodeaba el lugar de una invisible protección y nítida luz naciente. Es mediodía. La costa, que es una larga cola de serpiente marina que se extiende en todo el océano Índico, duerme la siesta. Los botes que casi pernoctan a plena luz del día, adormilados en la planicie de un mar verdoso con manchas grises, están casi parados a la espera de que ese sol descienda un poco para regresar a la arena. De una de las chozas que se extienden a lo largo de esa cola de serpiente, como escamas de color marrón claro, de ese gran pez marino que es la costa al mediodía salen atolondrados dos cuerpos calientes que vienen de hacer su agosto adentro, entre esas paredes de caña, bambú y palmera. En la arena fina y blanca los cangrejos corretean y luego se extienden en improvisados agujeros, al paso de Marco que sin responderse a sí mismo camina y camina para intentar matar ese horroroso monstruo interior que se llama impureza y que le oprime a veces, en plena contradicción y lucha por la firmeza, consciencia y voluntad a la hora de enfrentarse a situaciones comprometidas o menos castas: Háblese de mujeres, alcohol, tabaco o filosofía. Es lo que tiene el sur, el idílico y vacacional paisaje de la luz que al atardecer hermosea el occidente y languidece dando paso a esa otra alternativa de siempre, bajo luces pequeñas: Candelas o bombillas superpuestas sobre lámparas de colores que acogen un café, restaurante o plataforma para la música en vivo. Sí, los grados de la escala eran siete y siete peldaños tenía la escalera al cielo y aún le quedaban cinco para cumplir lo prometido: Vivir en armonía con la ley de su deseo fraternal amoroso que no era otra cosa que procurar amar a los hombres, como Ghanesa elefante que decoraba su divinidad con mixtura variopinta. Y Marco sabía que había que persistir. El concepto de la idea era muy extenso y debía, narrativamente, contar el mundo, abrirlo; casi extenderlo en toda su divina gracia. Como una vía de tren de dos sentidos debía prepararse para el equilibrio, el paralelismo entre el devenir y él. La reflexión mediante los ojos: la observación de la luz en los objetos era un punto; la meditación o silencio mediante la respiración y la aceptación era otro punto. La acción mediante el amor y el contacto con los demás seres humanos era otro punto. Fatídicamente, el tiempo iba pasando (eso lo sabía): Igual que pasaba y quedaba suspendido el canto de ese pájaro en su rama, en el interior de una fronda. Persistir a todo, conservarse era un reto y un trabajo arduo. La sangre bajaba, alguna vez, menos limpia de lo habitual debido a las bacterias que tragaba por medio de la comida, el agua o el alcohol… Pero el mismo mundo se limpiaba todos los días y sus órganos también (al menos eso le predijo su divina razón que a modo de centauro le obsequiaba con nuevos cambios necesarios para ir descubriendo, paulatinamente, el misterio): Ese misterio que tocaba, al atardecer, la planicie del cielo sobre el espejo de la frondosa selva. Marcos viajaba hacia Gokarna. Era un tren que se introducía en la vegetación o los campos abiertos muchas veces inundados de agua, otros ya labrados: arrozales y riberas de ríos que llegaban al mar en donde barcos grandes cargados de arena, navegaban lentos, sin pretensión alguna, en una tarde luminosa de sábado esplendoroso. El vagón del tren era exclusivo para mujeres pero iban tan abarrotados el resto de los vagones que Marco no tuvo reparo para colarse, además el tren tocaba a su fin y el revisor sería poco probable que pasase por allí. Las tres hermanas que viajaban en ese vagón -exclusivo para ellas- le contaron cuentos de escuela, aventuras y viajes de siglos pretéritos. (Le invitaron a su casa). Como en un sueño, casi un sollozo, Marco apoyaba el codo contra la ventanilla del tren y esa ventanilla fotografiaba mientras ellas narraban fantasías, la expléndida explanada abierta inundada ahora de agua donde las garzas blancas y patos salvajes entre flores acuáticas recién brotadas, ironizaban y chillaban, en manada, al espacio luminoso. Caían las primeras hojas de un otoño incierto, porque el verdor de la jungla casi lo cubría todo y las hojas amarillas eran más un matiz que una realidad. Estaba sentado justo en frente del mar, en primera línea de playa, tratando de canalizar la energía hacia el instante indeleble de la plena naturaleza que rodeaba el paraje. El silencio lo dignificaba todo y revestía el sitio de un santo recuerdo de su tierra natal: Castilla. La planicie que ahora se abría ante sus ojos que era un espejo azul de mar y colinas rojizas y verdes que cercaban aquello, le trajo el perfume de su ancho mar interior. Viajar había sido una gran etapa, sino de esfuerzo sí de atisbo de perspectiva y desprendimiento del pasado. Desencadenar los recuerdos, dejarlos olvidados en el rompeolas, en la cumbre de la colina, en la cresta de la ola. Esto que se narra con estilo un poco poético era el resumen de la convalecencia de Marco. (Su tristeza, su sadness que impregnaba cada hoja de la salvaje espesura de Gokarna.) (La música en live hacía el resto). ¡Un momento! El tren llega a la estación. Desde una circunvalación perfecta de 180 grados se adentra desde un sur lejano, un tren azul y vaporoso lleno de lentitud. Los indios, de norte a sur, de este al oeste, son grandes viajeros. Los trenes diversos, de corta o larga distancia emocionan al extranjero porque le sumergen en una galería variopinta de pueblo y personaje. Ese tren le lleva a Marco hacia Bombay. Su compañera de viaje -que aún no se ha hablado de ella por parecer innecesario para la narración-, le ofrece todo sumo de cuidados. (Se llama Teresa y es blanca por fuera y ardiente por dentro). Unos la llaman Ghanesa de Calcuta, otros madre Teresa y otros simplemente por su nombre, Teresa). Marco entonces se encontraba entre sábanas de holanda, cuidados y mimos y cuando la disentería, gastroenteritis o erupción que le producía el agua, la comida, el mosquito o el alcohol irrumpían, se veía recompensado por la ternura y obsequios de una mujer maga, dueña exclusiva, a un tiempo, de otro viaje oriental. Los compartimentos de aquel tren que danzaba en movimiento monocorde, lento pero seguro entre rieles hacia otro destino, Bombay, tenían cada uno tres literas en cada lateral agarradas con cadenas reforzadas de plástico al techo, un techo recubierto de chapa blanca. Oh, los trenes, flor y nata de la India donde cada compartimento tenía su gran ventilador... Por el largo lateral del vagón, casi susurrándolo, repitiendo el mismo producto, jóvenes mayordomos del tren ataviados de azul o marrón café iban y venían cada cuatro o cinco minutos vendiendo, en cajas azules que arrastraban por el suelo, café, chai, comida, dulces, yogurt o bebidas frías). Un compartimento siempre abarrotado de zapatos o niños o jóvenes o viejos en posición de meditación dispuestos -y lo sabían- a pasar toda una jornada completa en el tren. Tras la ventanilla abierta al vaho por la refrigeración del interior, el exterior se extendía y se divisaban caras de niños recién vestidos que, asombrados, veían llegar o pasar ese tren azul. La gran sentada. Estación de trenes. Llegada. Bombay. El mundo tiene esa capacidad propia de inventar, de crear hijos desheredados y a un tiempo, espirituales. Era la macrociudad de la Apocalipsis, el fiel reflejo del grandor de esa civilización que se extendía mas allá de los confines del entendimiento o la razón que bañaba unas playas donde se metía ese ultimo sol que daba fin a un día completo en playas infestadas de cuerpos morenos donde grupos de niños y jóvenes en improvisadas parcelas o pedazos de terreno jugaban al fútbol o al cricket; donde se ubicaban pequeños puestos de helados, frutas, frutos secos o juguetería infantil: Paracaídas, globos, cometas que se extendían, todo, como en un desfiladero lleno de bultos a lo largo de todo el campanario o lomo de arena: Era la bahía de Bombay. El camaleón se disfrazaba de lejanía y presencia: Túneles, puentes, barricadas, barrancos, montículos, leves colinas, riberas, explanadas, edificios, barracas… Un museo sucio, Marco diría, de Arte Contemporáneo donde campaban a sus anchas las piedras, el polvo, el trozo de cemento, el andamio, el plástico -por supuesto- y el ser humano. El mundo aquel cabía en una risha que desfilaba, como una más, entre vehículos que desplazaban a habitantes silenciosos de un extremo a otro, en una macrociudad que se extendía sin rumbo y que en uno de sus extremos chocaba con el mar del que Marco tenía la estampa aquella del leve sol y rumor de la tarde soñada, antigua. Inmensa realidad activa, macro luz del movimiento y la piel; mastodóntico sentido del ser, la mosca y el pantalón. Soñar despierto bajo un ala de ternura humana. Cómo es posible no vivirlo, no contarlo; cómo es posible que el agua bulla en ese alcantarillado y luego discurra en un sendero brillante de basura perfumada en tiempo. Quien no ha escrito, quien no ha visto Bombay y sus entrañas, sus embriones de casetas y barracas no conoce el Mundo. (Gracias por creer en mí y dejarme ver Bombay… Se decía Marco.) Cuerpos perfectamente ataviados con cinturón y pantalón estrecho, brillantina que va sobre las cabezas y que cruza sobre el puente de hierro oloroso, bajo el que pasa un agua tan negra como el carbón; pero van tranquilos, persistiendo en su stablishmen. Y entre todo el olor surge una cometa que surca la ribera olorosa y negra y las fachadas de casetas que son chapa de hierro superpuesta donde un niño tira de ella, con todo el ardor inocente de su voluntad dorada. Levanta Bombay. Un sol cárdeno que alfombra el ruido y las fachadas barnizadas de lodo, polvo y mugre. Las palmeras y acacias verdes que levantan en medio, únicas, de esas moles aprecian ese primer sol que raya en “bonheur” cualquier volumen en su cúspide. Y era esa la última habitación romántica de hotel en Bombay, a pie de playa. Última habitación que debía permanecer para él, para Marco, para que representase un film al estilo español de aquel último Bombay romántico que no cantaba a nadie sino a la multitud. Las últimas noches las paso así, divisando la lejanía de la playa plagada de bultos humanos que como sombras opacas pasaban a lo largo del hotel “Sea view”. Micro estructuras, mega estructuras, infraestructuras era el Bombay más incipiente, el del primer siglo XXI; el que entre polvo y sol costero necesitaba moverse, ver surgir su mastodóntico lomo inhumano recubierto de costra… Pero seguía sobrevolando esa planicie de la tierra junto al mar la cometa de un niño, suave y en constante dulzor entre los gritos de negros cuervos que -como solo ellos saben- moralizaban sobre antiguos antepasados y ambientes, último romanticismo de un Bombay que acabaría enterrado en sus vastos cuerpos, como en una sartén arden dos huevos fritos. Cabía otro Bombay céntrico, Victoriano, de empedradas todavía calles anchas y edificadas. Edificios de enorme piedra subsistían sobre vendedores ambulantes, decorosa y pudorosamente superpuestos con un comercio limpio y callejero, elegante. Que como en Barcelona revestía el ambiente de palmeras y algún jardín donde en domingo los jóvenes jugaban a un improvisado cricket. Esa otra Bombay centenaria de la época de la ocupación inglesa con sus improvisados pintores que por un euro y medio vendían su pergamino pintado en hoja de árbol sobre motivos celestiales. Y la “Station Victoria”, la estación de trenes, por fuera, más hermosa del mundo. Fin Bombay. Noviembre de 2012